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Sueño con bebés muertos.

Sueño con bebés muertos. Es el sueño más recurrente que he tenido este año, junto con otros más relacionados con la muerte.

Lo recuerdo con claridad: sostener en mis brazos a un bebé pequeñito, frágil. Lo arrullo y le hablo con susurros mientras se duerme, y de un momento a otro ya no está más apoyado en mí. Está muerto en su cuna y puedo ver cómo toma su último suspiro.

A veces muere en mi vientre, a veces muere dormido. Nunca lo puedo salvar. Despierto con los brazos vacíos y lágrimas derramadas en mi almohada, un dolor en el pecho por un hijo o una hija que no tuve en realidad, pero aún así perdí.

En mis sueños paso por todo el proceso de duelo, sólo para volver a hacerlo al despertar. Siento un amor tan real como efímero de algo que no podré experimentar nunca más. Se sienten como presagios de una tormenta que sigue sin llegar y me aterra.

Me aterra porque ser madre es de lo que más deseo, poder llenar de amor a una pequeña criatura y ayudarle a crecer para que sea una persona buena y amable, con un corazón cálido. Y esos sueños tan seguidos donde me arrebatan del cuerpo a mi pequeño me pesa de una manera que las palabras no pueden describir.

Los bebés nunca tienen nombre, pero sé que comparten un mismo rostro, y una misma sonrisa. Si en el sueño veo sus caras, sonríen al verme, antes de dejarme. Y cuando pasa todo queda en silencio, como si alguien hubiese ahogado el sonido cuando yo me estoy ahogando en desesperación.

Lloro y grito y caigo al piso, siento como mis uñas me arrancan la piel. Nunca puedo sostener el cuerpo, nunca me dejan acercarme. Quedo en un mundo vacío observando como alejan a mi bebé y no puedo hacer nada para pararlo.

Lo siento en el pecho, un vacío y un peso que me presiona al mismo tiempo. Lo siento en la garganta, un nudo que no permite que salga ruido. Lo siento en las manos y en los brazos, donde algo siempre falta. Lo siento en las piernas, que me fallan y me tiran al piso. Lo siento en los ojos, que quieren cerrarse pero no pueden dejar de ver. Lo siento en mi cabeza, que por más que me explique que no debo sufrirlo, no me deja pensar en algo diferente.

Y siento culpa, por todo el cuerpo. Se me mete por los pies y me sube por la espalda, se inyecta en mi sangre y en mi sudor. Puedo verla, recorre cada espacio de mi piel, me endurece la carne, me pudre desde adentro.

Me quedo en la cama viendo el techo. Salen lágrimas pero no me muevo. Estoy inmóvil, no hago caras ni me seco el rostro. En mi mente sigo allí, con mi bebé sonriente antes de la tragedia. ¿Cómo me arrebatan algo que nunca tuve?

Vuelvo sola a una habitación vacía y pienso que no fui suficiente para siquiera mantenerle con vida, ¿qué clase de madre sería?¿qué clase de madre soy?

El bebé nunca llora. Está feliz y se ríe y me mira como si fuese lo único en su mundo. Cierra sus ojos y pierde su calor, yo pierdo su calor. Ya no pesa, porque no lo estoy cargando. Ya no lo escucho, quizás nunca lo pude escuchar.

Me da miedo soñar, o tal vez me da más miedo no soñarlo de nuevo. Por muy egoísta que pueda sonar me gustaría tenerlos de nuevo conmigo, verlos crecer y jugar y correr descalzos en el patio de una casa acogedora. Pero no son míos, nunca lo fueron.

No entiendo aún lo que significan esos sueños, o pesadillas. No creo que lo entienda, ni ahora ni nunca.